Me dijeron que a los 42 años ya era tarde para cambiar
Recuerdo mis días en aquel supermercado.
Cada jornada era una repetición exacta de la anterior: los mismos pasillos, las mismas rutinas, las mismas caras. Y dentro de mí, una voz cada vez más fuerte gritándome que ese no era mi lugar.
Sentía que la vida me enviaba señales constantes, casi desesperadas, para que saliera corriendo de allí. Pero entonces aparecía esa otra voz, la del miedo, susurrándome al oído: “¡¡¡No te vayas!!! ¡¡¡Te vas a morir de hambre!!!”
Tenía 42 años y una certeza que me pesaba como una losa: no había un sitio en el mundo para mí más que ese… y, al mismo tiempo, sabía que si me quedaba, ese sitio iba a acabar conmigo.
Mi “yo antiguo” estaba completamente perdido.
Vivía convencido de que ya no podía aspirar a más. Pensaba que ganar más dinero no era una opción para alguien como yo, que cambiar a mi edad era una locura, que a los 42 ya era demasiado tarde para aprender algo nuevo.
No tenía ni idea de cuáles eran mis talentos. No sabía a qué dedicarme. Y cada vez que intentaba probar algo distinto, simplemente no funcionaba.
Me sentía frustrado, estancado… atrapado en una espiral de crítica, envidia y distracciones.
Veía cómo otros avanzaban mientras yo seguía en el mismo lugar, paralizado por mis propias dudas.
El punto de quiebre llegó cuando todo comenzó a desmoronarse.
Mi trabajo empezó a ir mal, y como si eso no fuera suficiente, sufrí una lesión de espalda que me dejó fuera de juego. Era como si la vida me estuviera gritando: “¡Basta ya!”
Fue entonces cuando apareció una especie de luz en medio del caos.
Estaba navegando por YouTube sin rumbo, como tantas veces, cuando de pronto vi un video que decía: “Cómo descubrir tu VOCACIÓN PROFESIONAL”.
Pensé: ¿En serio? ¿Eso se puede hacer? ¿Alguien puede enseñarte a encontrar tu propósito?
Y sentí un impulso dentro de mí. ¡Eso es justo lo que necesito!
A partir de ahí, empecé a informarme, a escuchar, a absorber todo lo que decían aquellos que ya lo habían logrado.
Me iba solo a caminar por la montaña, auriculares puestos, dejando que sus voces me guiaran. Por primera vez en mucho tiempo… sentí esperanza.
El camino no fue fácil.
Después de aquella chispa de esperanza, me lancé a buscar. Probé muchas cosas… y muchas salieron mal.
Hice un curso de actor de doblaje que terminó siendo un auténtico timo. Sentí rabia, frustración… otra vez me había equivocado.
Luego empecé a pintar y a dibujar, y ahí sí vi una luz. Descubrí que tenía talento, que había algo auténtico en mí que podía expresarse a través del arte. Pero también me di cuenta de que no estaba dispuesto a pagar el precio de convertir eso en una fuente de ingresos.
Intenté con la edición de video… luego con otras ideas… y ninguna terminaba de encajar.
Pasaron varios años así. Años de búsqueda, de ensayo y error, de sentirme cerca y lejos al mismo tiempo.
Años de pensar: ¿Será que no hay nada para mí? ¿Será que ya se me pasó el tren?
Pero a pesar de todo, seguía. Algo dentro de mí no quería rendirse.
Y entonces, como suelen llegar los regalos de la vida, de forma inesperada… apareció la revelación.
Un día, hablando con mi hijo, me comentó que quería estudiar programación informática. Me explicó que había una formación profesional de dos años.
Y fue como si el universo me hubiera dado una bofetada de claridad. ¡ESO ES!
En ese instante, lo vi con total nitidez: soy bueno con los ordenadores, la lógica siempre me ha fascinado, las matemáticas se me dan bien…
¿Cómo no lo había visto antes? ¡Ese era mi camino!
Ahí mismo decidí dejarlo todo y apostar por mí. Me inscribí en esa formación y me entregué por completo durante dos años.
Por primera vez, no había duda. Había encontrado mi dirección.
Hoy soy otra persona.
Estudié durante dos años mientras trabajaba, dándolo todo, comprometido como nunca antes. Y los resultados no tardaron en llegar.
Conseguí entrar en una empresa maravillosa, con un líder que no solo me inspiraba, sino que también confiaba en mí.
La vida me seguía mostrando señales claras: vas bien, este es tu camino.
Y entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado…
A los pocos meses de empezar —siendo junior, con poca experiencia y con 47 años— me ofrecieron liderar un equipo.
¡Increíble! Lo que antes me parecía inalcanzable, ahora era parte de mi nueva realidad.
Por fin sentía que estaba en el lugar correcto, siendo la persona que siempre había querido ser.
Hoy sé con certeza que puedo inspirar y guiar a otros que, como yo, están luchando contra la adversidad.
